
Cuando estaba en la universidad, viví en varias residencias para estudiantes, una de ellas que era solo para chicas, la regentaba una pareja de personas mayores (entre 60 y 70 años) que en principio parecían muy normales. La señora, llamémosla doña Luisa, era muy dulce con todas las chicas; el señor al que llamaremos don Luis, un abogado jubilado, se veía un poco serio pero bastante educado; al menos esa fue mi primera impresión.
Una semana después de haber llegado allí, coincido con otra de las chicas cuando salía para la universidad y me preguntó - casi entre dientes - si había escuchado a alguien llorando en la madrugada. Con lo cansada que llegaba de los entrenamientos difícilmente escuchaba la alarma por las mañanas, pero me quedé con el comentario en la cabeza y un par de noches después presté más atención.
En realidad, esa noche no necesité estar muy atenta, doña Luisa había acordado con una de las chicas que llegaría un poco más tarde y ella le abriría la puerta sin que don Luis se enterase (teníamos un horario bastante restringido de entradas y salidas). Esa noche, cuando doña Luisa regresaba a su habitación justo después de abrirle la puerta a una de las chicas a la medianoche, el puño de don Luis la estaba esperando sin piedad. Un par de gritos seguidos con llanto y sollozos cerraron la disputa unidireccional.
La mañana siguiente, cuando pasé por la cocina a por el desayuno me encontré a doña Luisa con su rostro cubierto de arrugas color piel morada y le pregunté: doña Luisa, ¿por qué permite que don Luis la maltrate? A lo que ella respondió: hija, ¿qué voy a hacer? A esta edad, ¿ya qué voy a hacer? Él siempre ha sido así, al menos tengo todo lo que necesito, y solo tengo que aguantarme esas cosas “de vez en cuando” pero de resto él es bueno conmigo. Después de esa respuesta no pude argumentar nada más.
Doña Luisa había tomado una elección muchísimo antes de que yo apareciera en su vida. Doña Luisa decidió hace mucho tiempo que su zona de confort era más importante que su zona segura. A doña Luisa no le hace falta nada, lo tiene todo, pero no se tiene ella.
Tu zona de confort no necesariamente es la zona donde estás feliz. Tu zona de confort, generalmente, es donde crees que tienes todo lo que necesitas, sin importar los abusos, maltratos y vejaciones que tengas que soportar. Es la zona donde viven las frases: “al menos tengo…”, “al menos él…”, “al menos ella…”.
Pero, ¿cómo diferenciamos la zona de confort de la zona segura? La zona segura es donde te sientes seguro de ti mismo, de lo que eres, de lo que has logrado, por eso la llamo la Zona Segura. Es la zona donde puedes ser tú mismo sin ningún tipo de prejuicios ni complejos; es aquella donde te sientes feliz contigo y con los demás, donde tienes tranquilidad, donde te sientes más creativo, donde está todo aquello que te emociona, que te hace latir con fuerza el corazón, donde sabes que aunque ese estado dure unos segundos la sensación se queda contigo permanentemente. Esa es tu zona segura, donde te encuentras con el verdadero poder con el que fuiste creado.
¿La zona segura puede coincidir con tu zona de confort?, claro que sí, pero no siempre, eres tú el único que se puede dar cuenta de dónde termina una y comienza la otra o si ambas se intersectan.
Aprovecha esos momentos que tienes para ti (en la ducha, al salir a correr, cuando paseas al perro, antes de dormir,… no necesitas estar en posición de loto para meditar) y recuerda cuando te has sentido en tu zona segura, reproduce esa sensación, si no la recuerdas créala, utiliza tu imaginación y busca tu zona segura, a eso llamamos salir de la zona de confort. Si tu zona segura está fuera de tu zona de confort, ve a por ella, no tienes idea de lo que sentirás cuando estés en ella. Y si aún no sabes dónde está, créala con las fuerzas más grandes de tu corazón, allí te reencontrarás con ese ser creativo e inconmensurable que parece que has olvidado.
“La zona de confort es el gran enemigo de la creatividad; ir más allá requiere intuición, lo que a su vez configura nuevas perspectivas y vence los miedos”.
Dan Stevens