
Me han dicho infinidad de veces: tú no pareces venezolana, tú pareces alemana. Los venezolanos siempre llegan tarde a todo, utilizan la palabra “ahorita” para posponer las cosas que no quieren hacer, no respetan las normas, los semáforos y los stops. Tú no estás enseñando las bondades que te dio el Señor o el señor cirujano, no estás tratando de sacar ventaja de nadie ni de nada, etc.
Esta diáspora que nos tocó vivir pone en evidencia tanto cosas buenas como ciertas conductas que algunos venezolanos han hecho toda la vida, las creen normales, las exportan, y el resto del mundo asume que todos somos así por el simple hecho de llevar el gentilicio.
Sí, soy venezolana y estoy orgullosa de serlo. Soy del tipo de venezolanos a los que les gusta hacer las cosas bien, de los que saben que cuando estás fuera llevas a un país a cuestas y tienes que dar lo mejor de ti. De esos venezolanos que están dispuestos a aprender lo mejor de cada cultura con la que nos toca convivir sin olvidar nuestras raíces. De esos venezolanos con valores para exportar, para mostrarle al mundo que en épocas de crisis se logran los mejores avances, las mejores invenciones. Recordarle al mundo que la necesidad reactiva la creatividad.
De esos venezolanos que están tanto dentro como fuera haciendo su mejor esfuerzo, de esos venezolanos que hacen poco ruido pero tienen muchas nueces, esos venezolanos que van abriéndose camino por donde pasan, de esos venezolanos que van mostrando al mundo que en todas las familias hay ovejas negras pero no todas son negras.
Soy de ese tipo de venezolanos. De los que cree que los valores que nos enseñaron en casa hablan infinidad de idiomas, de esos venezolanos que saben que la situación país es temporal y que hay que estar preparados para tiempos mejores; de esos venezolanos que asumen su papel en la película y no le echan la culpa a nadie.
Eso también es ser venezolano. Ser venezolano además es tener disciplina, determinación, ganas de aprender, de hacer las cosas bien, de respetar al otro y, por ende, respetar las normas, ayudar al vecino, buscarle la solución a cada problema, agradecer, decir buenos días con una sonrisa, y muchas otras cosas más que se me pasan por alto en este momento.
Confío en que, en cualquier lugar del mundo donde estés, prediques con el buen ejemplo, esto nos ayudará a demostrar que esos contados contraejemplos que han conocido no son válidos para fundamentar generalizaciones. Ser un buen venezolano es también ser un buen ser humano.
“Es una locura odiar a todas las rosas sólo porque una te pinchó”
Antoine de Saint-Exupéry
El Principito