Aunque suene dramático, todos nosotros vivimos en una jaula que nosotros mismos hemos creado. Hemos construido cada barrote con la información que hemos recibido desde el día de nuestro nacimiento.

Consejos y regaños de nuestros padres, reprimendas de nuestros maestros, miedos adquiridos o heredados, condicionamientos sociales, prejuicios, acoso en la escuela, el “deber ser”; la lista se haría muy larga si menciono todas esas situaciones que nos han ayudado consciente o inconscientemente a construir uno y cada uno de los barrotes de nuestra jaula.
Desde allí, desde nuestra zona “segura”, “protegidos”, criticamos y juzgamos a todos aquellos que piensan distinto. Criticamos a todos los que tienen la jaula abierta, que, aunque también están enjaulados, se percataron de que ellos tienen la llave de la jaula y pueden salir y entrar cuantas veces lo deseen. Solo unos pocos, los más arriesgados, han decidido quedarse fuera y no volver más a la represión autoimpuesta por el temor a no encajar.
No nacimos para encajar, nacimos para ser nosotros mismos. No necesitamos opacar nuestra luz para poder ser parte de un colectivo que vive en los lugares más recónditos y oscuros de su autoimpuesta prisión.
Dedícate tiempo, siéntate un rato cada día, a la hora del café o del té, y por un par de minutos intenta reconocer los barrotes de tu jaula y derríbalos. Si están muy arraigados en tu vida, ve poco a poco, con abrir la puerta de la jaula tienes. Traspasa esa barrera, no estás mal por ser distinto, por pensar distinto, por tener un color de piel distinto, por tener un pasaporte distinto, por tener un género distinto. Comienza por aceptarte, sin condicionamientos, sin reservas, sin miedo a no encajar. Tu verdadero yo está ahí esperando por ti.
Acéptate y serás aceptado, respétate y serás respetado, ámate y serás amado. Estás a un solo paso de traspasar la puerta de la jaula y mirar al mundo sin esos barrotes que obstaculizan tu libertad.
“Nada nos engaña tanto como nuestro propio juicio.”
Leonardo Da Vinci