Ad Intra · Celia Coe

¿Importa el tamaño?

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Varias cintas métricas de colores entrelazadas.

En una conversación mantenida con una amiga llegamos a un punto en el que empezamos a discutir este tema. Su marido, que se incorporó a mitad de la conversación, se sintió un poco aludido al escucharla decir que el tamaño es lo de menos. Ver su cara no tuvo precio (confusiones como esta ocurren con frecuencia cuando llegamos a mitad de una conversación). Y sí, el tamaño sí importa, el tamaño del ego por si alguno por allí entró a la mitad de la conversación.

El ego mientras más grande, llamémoslo así, más queremos en la vida, más queremos mostrar lo que tenemos y cuánto tenemos. Queremos mostrar que tenemos el mejor coche, la mejor casa, la mejor pareja, el mejor trabajo… queremos mostrar que somos los más inteligentes, los más rápidos, los más listos, los más guapos; deseamos hacerlo saber porque por supuesto, buscamos el reconocimiento del otro para alimentar esa criatura insaciable llamada ego.

Pero, ¿qué hay detrás de toda esa necesidad de reconocimiento? ¿Alguna vez te has detenido a pensar en esto? Vacío.

Buscamos reconocimiento para rellenar vacíos. Buscamos aprobación en el otro porque hay cosas que no creemos que merecemos. Buscamos reconocimiento para demostrarle a alguien en el pasado que nos aminoró, y permitimos que creara ese agujero en nosotros, lo trajimos de nuestro pasado y aún no nos hemos dado cuenta de que ese alguien es inexistente en nuestro presente; y que ahora, está muy ocupado haciendo lo mismo que hizo con nosotros pero con otro protagonista. Ya no existimos para ese alguien pero nosotros lo dejamos instalarse dentro dándole el timón de nuestra vida.

¿El tamaño del ego importa? Sí que importa, porque refleja el daño que dejamos infligirnos y en lugar de sanarlo le dimos el poder de controlar nuestra vida. Mientras más daño nos han hecho (que hemos permitido y no hemos aprendido) más grande es el ego. ¿Cómo lo reconocemos? Escuchándonos, cada vez que intervenimos en una conversación y comenzamos con: yo tengo más…, yo soy más…, yo conozco más… yo más más y más… Este simple ejercicio lo podemos hacer silenciosamente con los demás.

¿Qué debemos hacer? Aprender a querernos, sacar de nuestras vidas a esos topos de vidas ajenas que viven creando agujeros porque están inconformes con su vida, quitarles el poder. Mirarnos al espejo y querernos, creernos; creer en lo que somos y en lo que hacemos. Si sabemos lo que somos, si creemos que merecemos lo que tenemos, no tendremos la necesidad de decirlo a vox populi, las personas lo reconocerán.

Tomemos manos a la obra y estemos atentos de esos topos que quieran acercarse a nuestra vida, reconozcámoslos al instante, no los dejaremos aterrizar. Estos topos, al ver que no tienen espacio cambiarán de dirección y seguirán buscando donde aterrizar pero esta vez, ya no seremos un puerto atractivo y quedaremos en su recuerdo como aquel que con su fortaleza se negó a alimentarle su ego.

Una mañana un viejo Cherokee le contó a su nieto acerca de una batalla
que ocurre en el interior de las personas.
Él dijo, Hijo mío, la batalla es entre dos lobos dentro de todos nosotros.
Uno es Malvado – Es ira, envidia, celos, tristeza, pesar, avaricia, arrogancia, autocompasión, culpa, resentimiento, soberbia, inferioridad, mentiras, falso orgullo, superioridad y ego.
El otro es Bueno – Es alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad,
benevolencia, amistad, empatía, generosidad, verdad, compasión y fe.
El nieto lo meditó por un minuto y luego preguntó a su abuelo:
¿Qué lobo gana?
El viejo Cherokee respondió: Aquél al que tú alimentes.

Leyenda Cherokee