Ad Intra · Celia Coe

El momento exacto es hoy

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La arena cae entre los dedos de una mano abierta.

Cuando tienes la intención de hacer algo pero esta intención no acaba en acción, te estás engañando a ti mismo, a nadie más.

Una intención que no va acompañada de acción es como preparar una rica cena para que nadie se la coma.

Muchas veces cuando la intención no va acompañada de la acción, pospones las cosas. Cuando pospones, estás procrastinando, estás enviando una orden al universo de que eso que dependía de tu decisión y acción también será pospuesto. Cuando pospones, retrasas todo lo bueno que está por venir que dependía de esa acción que debías realizar. Cuando dejas para mañana lo que puedes hacer hoy, el tiempo seguirá pasando y con él, tus oportunidades de aprender y hacer las cosas mejor. Cuando procrastinas, saboteas el plan universal, te autosaboteas, eres capaz de cambiar tu destino, no necesariamente para bien, por posponer algo que solo te pudo haber tomado unos minutos.

Normalmente, lo que posponemos son tareas que consideramos tediosas o fastidiosas, que en algún momento, más tarde o más temprano, tendremos que hacer; pero mientras más las posponemos más prolongamos nuestra agonía.

Cuando alguien nos dice que tiene dos noticias para darnos, una buena y una mala, en su mayoría escogemos que nos digan la mala primero, ¿por qué? Porque queremos que la sensación de saber la noticia mala sea breve y esta misma será solapada por la buena. No me parece tan alocada esta manera de pensar si proyectamos este principio a las cosas que estamos posponiendo por una u otra razón. ¿Qué tal si antes de posponer nos detenemos a pensar? Vamos a hacer esto lo más rápido posible para que el mal sabor de boca sea rápido y la satisfacción de haberlo hecho al final sea duradera. ¿Qué tal si nos enfocamos en la sensación que tendremos al final del día después de haber realizado esa tarea que hemos estado posponiendo, en lugar del tedio que nos provoca nada más pensar en eso?

Es como cuando tienes que bañar el perro. Lo ves ahí al pobre, que ya ni puedes reconocer el color de su pelaje, perfumando la casa con su olor a perro sin bañar; pero nada más pensar en el hecho de bañarle te da mucha pereza. ¿Qué tal si te imaginas abrazándolo, ya bañado por supuesto, oliendo rico y que tú fuiste el que hizo eso posible? Creo que eso a mí sí me motivaría. O cuando tienes que lavar tu coche, vas semana a semana posponiendo la tarea. Imagínate subirte al coche y está súper limpio y reluciente con un olor a bosque de pinos inigualable; y todo eso, gracias a tu esfuerzo. Eso a mí me motivaría.

Son un par de pequeños ejemplos, pero de eso se trata, de centrarnos en lo que queremos lograr, reconocer la sensación de satisfacción que tendremos después de tanto esfuerzo y darnos ese empujoncito que necesitamos para recordarnos que el momento exacto siempre es hoy. La sensación de incomodidad realizando algo que no es de nuestra predilección desaparecerá y permanecerá la satisfacción de haber hecho nuestro mejor esfuerzo.

Enviemos las órdenes correctas al universo, el momento perfecto es hoy, no dejes que pasar el tiempo se convierta en tu pasatiempo.

“Tú podrás retrasarte, pero el tiempo no lo hará”. Benjamín Franklin