
Crecí en un país de contrastes que, aunque se destacaba por la amabilidad de su gente, era muy inseguro. Sus crímenes iban desde robos perpetrados por carteristas hasta secuestros con desenlaces desastrosos.
Yo pasé mi adolescencia entre mi ciudad de origen y Caracas, que para ese entonces era una de las capitales más violentas de Latinoamérica. En esta vibrante ciudad estaba el centro de entrenamiento donde se reunían todas las selecciones deportivas nacionales, incluyendo la de natación, a la cual yo pertenecía, y la de boxeo.
El gimnasio de boxeo estaba situado a unos cuantos metros de la piscina. La piscina era descubierta y lo que la separaba del gimnasio de boxeo era una escueta reja que permitía a cualquier transeúnte que estuviese dentro de las instalaciones ver los entrenamientos de cerca.
Para mi suerte, la salida de los entrenamientos de los chicos de boxeo coincidía, la mayoría de las veces, con nuestra salida del agua. Nosotros, en bañadores, y ellos, con su ropa de entrenamiento, caminábamos a menos de dos metros de distancia, y las miradas de estos deportistas se desviaban, digamos, por curiosidad.
Una de esas tardes, uno de los chicos abrió la boca y se dirigió directamente a mí. Me dijo, en un tono muy soez, que era muy guapa y que, si fuese por él, me llevaría en ese mismo instante a su casa.
Yo, presa del pánico por dentro, seguí caminando como si no hubiese entendido lo que me había dicho y le respondí:
—Buenas tardes.
La escena se repitió varias veces y yo siempre respondía con un «Buenos días» o «Buenas tardes», según fuese el caso.
Por lo general, él se reía con sus compañeros y yo seguía rumbo a los vestidores, rogando que no traspasara la débil reja que nos separaba.
Esta situación se presentaba al menos un par de veces por semana y mi manera de reaccionar era siempre la misma.
Una tarde cambió un poco su rutina y me dijo:
—Rubia, cuando menos te lo imagines, te voy a secuestrar.
Esa vez, el terror se apoderó de mí y no pude responder, pero sí le lancé un fogonazo con la mirada. Él inmediatamente se disculpó y me dijo que lo había hecho para poder mirarme a los ojos, porque nunca había podido vérmelos.
Para mi suerte, ese era el último entrenamiento que me tocaba en aquel recinto.
Un mes después, me tocó regresar al entrenamiento colectivo en la capital. Habían cambiado de lugar el gimnasio de boxeo y mi temor a ser secuestrada por un boxeador desapareció completamente, o al menos eso había creído yo.
Unos meses después, hubo una competencia internacional en la que participaron deportistas de todas las disciplinas. Todos los atletas de Venezuela estábamos alojados en un edificio destinado para tal propósito.
Nosotros estábamos en el cuarto piso y, como me enteré después, los chicos de boxeo estaban en el séptimo.
El primer día de la competición salimos todos de los apartamentos, listos para ir a la piscina, y cuando ya estábamos en el bus me percaté de que había dejado mi gorro de nadar en el apartamento.
Le pedí al chofer que me esperara cinco minutos para ir a buscarlo y regresar lo más rápido posible.
Corrí con suerte porque el ascensor estaba en la planta baja. Subí con la velocidad que el ascensor me permitía, entré al apartamento y busqué el gorro lo más rápido que pude, con la esperanza de que el ascensor aún estuviese allí esperándome cuando saliera con mi gorro en la mano.
Cuando salí del apartamento, el ascensor estaba en el séptimo piso. Presioné el botón para llamarlo y esperé un par de segundos. Si no se movía, bajaría por las escaleras.
El ascensor se movió y me sentí aliviada.
Alivio que desapareció cuando se abrió la puerta.
Cuando miré dentro del ascensor, había una sola persona: el boxeador que, podría decirse, me había estado acosando unos meses atrás.
Solo tenía un segundo para decidir si subir al ascensor o salir huyendo, presa del pánico, por las escaleras.
Tomé la mejor decisión que pude: subí al ascensor y saludé cordialmente con un:
—Buenos días.
A lo que él respondió con otro «Buenos días», pero con tono de sorpresa.
La puerta del ascensor se cerró lentamente, o eso fue lo que me pareció, y una vez que estábamos solos, su voz rompió el silencio:
—Pensaba que no te subirías.
Y yo, con toda la seguridad del mundo, pero por dentro hecha un manojo de nervios, le respondí con otra pregunta:
—¿Por qué no me subiría?
Él sonrió e inmediatamente se abrió la puerta. Ya estábamos en la planta baja.
Me despedí sin mirar atrás con un:
—Hasta luego.
Un par de años después, ya en la universidad y viviendo en Caracas, seguía entrenando en el mismo recinto, pero esta vez debía tomar el bus para ir a la universidad.
Estando en la parada, justo cuando mi bus estaba bastante cerca, veo a un tipo caminando de manera acelerada hacia mí, con la mirada fija en mi bolso y una actitud bastante agresiva.
Tenía apenas un segundo para decidir si esperaba el bus o corría hacia la puerta del recinto deportivo, que por defecto estaba cerrada y donde debía tocar el telefonillo para que alguien me abriera, lo que le daría al maleante el tiempo necesario para hacerse con mis cosas.
En medio de esa disyuntiva, siento que alguien se me acerca por detrás, posa suavemente su mano en mi cintura y me dice:
—Mi amor, ¿tenías mucho tiempo esperándome?
El delincuente, al ver a aquel hombre de casi un metro noventa de estatura y complexión atlética, salió inmediatamente huyendo del lugar.
Yo, que aún estaba en shock, sin poder pensar claramente ni entender lo que había sucedido, volteé a mirar a quien me había salvado de un destino implacable.
Era el boxeador.
Él, con palabras suaves y tranquilizadoras, se disculpó por haberme tocado sin mi autorización, pero me explicó que había sido la única manera que encontró para evitar que el atracador me atacara.
Sus palabras literales fueron:
—No podía dejar que algo malo le pasara a alguien que siempre había sido amable conmigo.
Las rodillas me flaquearon cuando la adrenalina desapareció.
Él estuvo a mi lado hasta asegurarse de que yo estuviese más tranquila y tomara mi bus a la universidad.
Jamás lo volví a ver.
Ser cortés y respetuoso con los demás puede salvarle la vida a tu yo del futuro.
Sin más nada que acotar, sé amable.
“Ningún acto de bondad, por pequeño que sea, se desperdicia.”
Esopo