
Hace unos días estaba en una piscina disfrutando un par de días libres, y veo una pareja de padres muy jóvenes jugando con su hijo de menos de dos años, quien notoriamente estaba muy emocionado de haber aprendido a caminar recientemente.
El padre jugaba a perseguir al niño, corriendo muy cerca del borde de la piscina. La madre corría detrás de ellos registrando cada movimiento con la cámara de su teléfono de última generación.
El salvavidas llamó la atención un par de veces de los muy felices padres, recibiendo caso omiso. Ellos, muy emocionados, seguían inmersos en su diversión.
Yo, una espectadora más, exsalvavidas y con más de 10 años de experiencia como instructora de natación, estaba viendo los posibles riesgos a los que la linda familia se exponía.
Lo que parecía un juego inocente estuvo muy cerca de convertirse en la tragedia de sus vidas.
En un abrir y cerrar de ojos, el niño pierde el control, cae en el agua y desaparece instantáneamente de la vista de todos. El padre en ese preciso momento había volteado a ver a la madre y por unos instantes el niño no estaba en su foco.
Al volver su mirada y tratar de fijarla en el niño, no lo encuentra. El padre entra en pánico y se lanza al agua aun con la ropa que llevaba puesta. La madre sin parar la grabación queda petrificada registrando lo que se pudo haber evitado si hubiesen tomado las previsiones y no hubiesen hecho caso omiso a las señales.
En nuestra vida, cada segundo es decisivo, somos nosotros y nadie más los responsables de las decisiones que tomamos. Si estamos “distraídos” y no somos capaces de ver el escenario completo; si ignoramos las señales que nos da el universo - esta vez el salvavidas haciéndoles saber el riesgo al que se exponían - debemos estar preparados para lidiar con las consecuencias por muy buenas o muy malas que éstas sean.
Diviértete sí, pero al mismo tiempo no pierdas de vista los riesgos, hay una línea muy fina entre la diversión y el dolor que tú y solo tú, a sabiendas o no, eres el responsable de cruzar.
“En la vida no hay premios ni castigos, sino consecuencias”
Robert Green Ingersoll